Lo que un maestro deja cuando ya no está en el aula
Hay una letra que no es la nuestra pero terminamos escribiendo toda la vida. Una manera de tomar el lápiz, de subrayar lo importante, de levantar la mano antes de hablar. Nadie nos preguntó si queríamos aprenderla: alguien, con paciencia infinita frente a un pizarrón, nos la fue dejando encima como quien deja una herencia que no pesa pero que no se pierde.
La letra que alguien nos enseñó a hacer con la mano
Todos tenemos, en algún cajón de la memoria, una mano más grande que la nuestra guiando el lápiz por primera vez. Un maestro no enseña letras: enseña que se puede intentar algo torpe, equivocarse en voz alta, y volver a intentarlo sin que el mundo se termine. Esa es la primera lección de todas, mucho antes de cualquier contenido: que el error no es una condena, es apenas un paso previo. En Cipolletti, como en cualquier ciudad, esa lección se repite cada mañana en decenas de aulas, con guardapolvos que ya no son tan blancos hacia el mediodía.
Lo que no está en la libreta de calificaciones
Hay algo que ningún boletín mide: la vez que un maestro se dio cuenta de que algo andaba mal en casa y, sin decir nada, hizo que ese día en la escuela fuera un poco más liviano. La paciencia repetida con quien tardaba más. La confianza puesta, a veces a ciegas, en un chico que todavía no confiaba en sí mismo. Esas escenas no figuran en ningún currículum oficial, pero son, muchas veces, lo único que se recuerda treinta años después. No enseñan una materia: enseñan que alguien, en algún momento, decidió que valía la pena apostar por vos.
Enseñar es dejar una huella que el otro va a caminar solo, mucho después de que uno ya no esté mirando.
Cipolletti, ciudad de tantos guardapolvos blancos
El 11 de septiembre se eligió para este homenaje en memoria de Domingo Faustino Sarmiento, que murió ese día de 1888 convencido de que un país se construye, sobre todo, desde el aula. Casi ciento cuarenta años después, esa convicción sigue viva en cada escuela de Cipolletti: en las maestras de las primeras letras de Cuatro Esquinas, en los jardines de infantes del centro, en las escuelas rurales del Alto Valle donde a veces un solo docente sostiene varios grados a la vez. Ninguna de esas historias sale en los diarios. Todas construyen, sin saberlo, la ciudad que somos.
Si hoy te cruzás con alguna maestra o maestro que marcó tu vida, decíselo. No hace falta esperar un aniversario redondo ni una frase perfecta. Alcanza con un gracias dicho a tiempo, porque esa es, quizás, la única calificación que de verdad les importa recibir.
Un texto de la Redacción de Revista Cipolletti, en el Día del Maestro.
← Más de Educación