CIPOLLETTI
Revista cultural y comunitaria
Docentes de Cipolletti reunidos en una capacitación, posando sonrientes al frente del aula
Educación · Homenaje

Los profesores que no se olvidan nunca

17 de septiembre de 2026 · Día del Profesor

Hay una frase que repiten, casi como una fórmula, quienes ya terminaron el secundario o la facultad: "tuve un profesor que me cambió la cabeza". No hablan de una nota, ni de un programa cumplido. Hablan de alguien que los miró distinto, que confió en que podían pensar por sí mismos, y que —sin proponérselo del todo— les dejó una marca que todavía llevan puesta. A veces ese profesor ni siquiera lo sabe: sigue dando clases, corrigiendo exámenes, tomando mate en la sala de profesores o en el bar de la facultad, ajeno a que en la cabeza de un ex alumno todavía resuena una frase que dijo una tarde cualquiera, hace diez o veinte años. En el Día del Profesor, vale la pena detenerse en esa desproporción: lo poco que a veces cuesta marcar a alguien para siempre, y lo mucho que ese gesto silencioso termina pesando en la vida de una persona. También vale la pena preguntarse qué hace que unos pocos, entre tantos —ya sea en un aula de secundaria, en un terciario o en una cátedra universitaria—, se conviertan en esa clase de recuerdo.

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El pilar que sostiene el desarrollo de un pueblo

La educación no es solo el motor que forma profesionales: es, ante todo, el cimiento sobre el que se levanta el desarrollo de una comunidad. Un pueblo que invierte en enseñar bien no solo produce mejores trabajadores; produce mejores vecinos, mejores decisiones colectivas, mejores conversaciones en la mesa familiar. Cada profesor que entra a un aula en Cipolletti —sea en una escuela primaria, una secundaria, un terciario o una facultad— está, en los hechos, poniendo un ladrillo más en ese cimiento, aunque casi nunca llegue a verlo terminado.

Pensemos en lo que significa, en términos concretos, para una ciudad como la nuestra: cada egresado de nivel medio, cada estudiante que pasa por las aulas de la UNCo o de un instituto terciario, cada chico que en una escuela primaria del Alto Valle aprende a leer con comprensión y no solo a decodificar letras, es una inversión que tarda años en dar sus frutos pero que, cuando los da, cambia el rumbo de una familia entera. El desarrollo de una ciudad no se mide solo en obras públicas o en indicadores económicos: se mide también, y quizás sobre todo, en la calidad de las conversaciones que sus habitantes son capaces de sostener entre sí. Y esa calidad se construye, ladrillo a ladrillo, en cada nivel del sistema educativo: desde la maestra de primer grado hasta el profesor titular de una cátedra universitaria.

Y ese cimiento no termina en el secundario. La formación universitaria es, para una región como la nuestra, un motor todavía mayor: cada médico, cada ingeniero, cada abogado, cada docente que se recibe en el Alto Valle es alguien que probablemente se quede a ejercer acá, a atender acá, a enseñarle a la próxima generación acá. Cuando un pueblo logra retener a sus profesionales formados, no solo gana capital humano: gana continuidad, memoria institucional, gente que conoce el territorio y decide apostar por él. Eso también se lo debemos, en gran medida, a quienes enseñan en las facultades.

Formar ciudadanía: enseñar a preguntar, no solo a responder

Pero hay una segunda tarea, menos visible y no por eso menos decisiva: formar ciudadanía. Un profesor que enseña a dudar, a contrastar una fuente, a sostener un argumento sin gritar más fuerte que el otro, está formando algo que ninguna currícula nombra del todo: personas capaces de convivir en democracia. El pensamiento crítico no nace solo; se entrena, pregunta por pregunta, con alguien enfrente dispuesto a no dar la respuesta fácil.

Vivimos en una época que premia la respuesta rápida por sobre la pregunta bien hecha. Un buscador nos entrega en segundos lo que antes costaba una tarde de biblioteca, y esa inmediatez, que tiene sus ventajas, también tiene un costo: nos va desentrenando en la paciencia de dudar. Por eso el profesor que se toma el trabajo de decir "¿y vos qué pensás?" en lugar de dar la respuesta servida está haciendo, sin proponérselo, un acto de resistencia cultural. Esa es, quizás, la enseñanza que más tarda en notarse y la que más se extraña cuando falta: la que nos vuelve capaces de no dejarnos convencer de cualquier cosa, de leer una noticia sin tragarla entera, de escuchar a quien piensa distinto sin necesitar destruirlo para sostener lo propio.

En la universidad, esa tarea toma otra forma pero no pierde peso. Un profesor de facultad que enseña a leer un texto científico con ojo crítico, a desconfiar de una fuente sin citas, a defender una hipótesis con datos y no con vehemencia, está formando profesionales que después van a tomar decisiones que afectan a otros: un diagnóstico, un cálculo estructural, una sentencia, un plan de estudios. Ahí, formar ciudadanía y formar buenos profesionales dejan de ser cosas distintas: son la misma cosa vista desde dos ángulos.

No se educa para llenar una cabeza de datos: se educa para que esa cabeza pueda, después, pensar sola.

La autoridad que no se impone: se construye

El psicólogo Gabriel Rolón suele señalar, en sus reflexiones sobre los vínculos que nos forman, una distinción que le cabe perfecto al aula: la diferencia entre autoridad y autoritarismo. El autoritario impone silencio; el que tiene autoridad genuina se la gana. Y se la gana, casi siempre, de la misma manera: escuchando, sosteniendo la mirada cuando alguien se anima a discutir una idea, sin necesitar el miedo para ser respetado.

Es una distinción que parece sencilla pero que, en la práctica de un aula real, es de las más difíciles de sostener. Es más fácil imponer silencio con un grito que construir un silencio que nazca del respeto. Es más fácil bajar una nota como castigo que encontrar la palabra que haga que un estudiante quiera, por sí mismo, prestar atención. La autoridad que se construye pide algo que no se enseña en ningún profesorado ni en ningún posgrado: paciencia con el que todavía no entendió, memoria para no repetir siempre el mismo enojo, y la humildad de reconocer, delante de veinticinco pares de ojos, cuando uno se equivocó. Esa autoridad no se declara: se construye clase a clase, con la coherencia de ser el mismo adentro y afuera del aula. Los estudiantes la reconocen enseguida. Y también reconocen, enseguida, cuándo no está: ningún cartel en la pared ni ningún discurso de apertura de año la reemplaza.

En la facultad esa construcción tiene una particularidad: nadie está obligado a quedarse. Un estudiante universitario puede faltar, puede dejar de prestar atención, puede directamente no volver a esa cátedra. Por eso el profesor universitario que logra autoridad genuina la construye sin la ayuda de la obligatoriedad: convence con la calidad de lo que dice, con el respeto con que trata una pregunta incómoda en medio de una clase numerosa, con la disposición a quedarse diez minutos más después de hora para terminar de explicar algo que a alguien le costó entender. Esa autoridad, ganada en un terreno donde nadie está atado a la silla, suele ser de las que más se recuerdan.

El que enseña y además ejerce

Los profesores universitarios tienen, además, una particularidad que los distingue de buena parte del resto del sistema educativo: muchos no viven solo de dar clase. Son médicos que después de la cátedra atienden en un consultorio, ingenieros que además de enseñar cálculo dirigen una obra, abogados que litigan, biólogos que investigan. Esa doble vida —la del aula y la del ejercicio profesional— tiene un costo evidente: el tiempo nunca alcanza, la clase muchas veces se prepara entre un paciente y otro, y la remuneración académica, en no pocos casos, es apenas simbólica frente a las horas que realmente insume.

Pero esa misma doble vida es, también, uno de sus mayores regalos para el estudiante: el que enseña y además ejerce trae a la clase algo que ningún libro puede dar solo, que es el olor de la práctica real. Sabe qué preguntas se va a hacer un paciente, qué imprevisto aparece en una obra a mitad de construir, qué parte de la teoría se cae —o se sostiene con más fuerza todavía— cuando la vida real la pone a prueba. Ese profesor no solo enseña una disciplina: enseña, casi sin querer, cómo se vive esa disciplina. Y muchos, además, lo hacen ad honorem o con una carga horaria menor a la real, sosteniendo la cátedra por convicción más que por conveniencia. Vale la pena que ese esfuerzo, tantas veces invisible, también tenga su lugar hoy.

El aula: el primer lugar donde alguien nos toma en serio

Para muchos adolescentes, el aula es el primer espacio fuera de la familia donde alguien los escucha con atención genuina. No es un dato menor. En una etapa de la vida marcada por la duda, por el cuerpo que cambia más rápido que la cabeza, por la necesidad de saber quién se es más allá de lo que dicen en casa, encontrarse con un adulto que pregunta "¿por qué pensás eso?" y después se queda esperando la respuesta —sin apuro, sin sarcasmo— puede ser una experiencia fundacional.

Ese gesto, tan simple en apariencia, es en realidad un acto de reconocimiento: le está diciendo a ese chico o a esa chica que su forma de pensar importa, que tiene algo propio para aportar al mundo. Y los adolescentes, que suelen detectar con precisión quirúrgica la diferencia entre un adulto que finge interés y uno que realmente lo tiene, responden a eso con una lealtad que dura años. Por eso tantos ex alumnos, cuando se les pregunta qué profesor recuerdan, no hablan de quién les enseñó más contenido, sino de quién los hizo sentir, por primera vez, capaces.

En la facultad el desafío cambia de forma pero no desaparece. El estudiante universitario ya no busca que lo tomen en serio como adolescente: busca que lo tomen en serio como futuro colega. Es otra clase de reconocimiento, pero igual de determinante: el profesor que le dice a un estudiante de segundo año "esa idea tiene potencial, seguila desarrollando" le está entregando algo que puede definir una vocación entera. No pocos profesionales de esta ciudad podrían señalar el momento exacto, y al profesor exacto, en el que dejaron de sentirse estudiantes y empezaron a sentirse, por primera vez, capaces de ejercer.

El alumno no siempre recuerda la clase. Casi siempre recuerda cómo lo hicieron sentir mientras aprendía.

Los que quedan para siempre

Por eso, cuando un ex alumno se cruza años después con ese profesor —en la calle, en un cumpleaños, en una foto vieja que aparece de golpe en el celular— no lo saluda por cortesía. Lo saluda porque todavía le debe algo: una pregunta que no se cerró, una confianza que alguien le tuvo cuando él mismo dudaba de merecerla.

Esos son los profesores que no necesitan que los recuerden para seguir presentes: ya quedaron adentro, formando parte de cómo esa persona piensa, decide y se para frente al mundo. Están ahí cuando esa persona, ya adulta, elige escuchar antes de opinar. Están ahí cuando decide no bajar los brazos frente a un problema difícil, porque alguna vez un profesor le mostró que insistir tenía sentido. Están ahí, incluso, en la manera en que esa persona —convertida ella misma en madre, en padre, en jefa, en colega— trata a los que tiene a cargo.

En el ámbito universitario esa marca tiene, además, una forma muy concreta: el director de tesis que sostuvo un proyecto cuando el propio estudiante quería abandonarlo, el profesor de una materia troncal cuyo método de pensar terminó convertido en la forma de trabajar de toda una vida profesional, la cátedra entera que un graduado sigue citando, años después, cuando le explica algo a un colega más joven. Ese es el verdadero monumento de este oficio, y no tiene estatua: es una forma de pensar que sigue viva en otro, multiplicándose de generación en generación sin que casi nadie lo note.

Un oficio que no siempre se agradece a tiempo

Vale la pena decir también lo que cuesta. En Cipolletti, como en tantas ciudades del país, ser profesor hoy significa sostener aulas cada vez más numerosas, salarios que no siempre acompañan la responsabilidad del oficio, y una exigencia social que a veces pide milagros sin ofrecer las condiciones para lograrlos. Aun así, hay quienes eligen quedarse: preparan una clase distinta para el estudiante que no entendió la primera vez, se llevan trabajos para corregir un domingo a la noche sin que nadie se los pida, sostienen con paciencia a un curso difícil porque saben que detrás de cada adolescente que molesta hay, casi siempre, una historia que explica ese ruido.

En la universidad esa misma vocación silenciosa convive, muchas veces, con cargos precarios: designaciones que se renuevan año a año sin certeza, dedicaciones simples que en los hechos exigen dedicación exclusiva, adjuntos y jefes de trabajos prácticos que arman guías de estudio y corrigen parciales fuera de cualquier horario rentado. Nadie elige la docencia universitaria en esta región pensando en hacerse rico: se elige, casi siempre, porque en algún momento alguien también le regaló a ese profesor una pregunta que no se cerró, y hoy es su turno de devolverla.

Esa vocación silenciosa rara vez sale en los diarios. No tiene ceremonia de premiación ni discurso de agradecimiento público. Pero está ahí, sosteniendo buena parte de lo que esta ciudad es y de lo que será. Reconocerla, aunque sea un día al año —y en todos los niveles, desde la sala de cuatro hasta la cátedra universitaria—, es lo mínimo que le debemos a quienes la ejercen.

Hoy, 17 de septiembre, vale la pena escribirle a ese profesor —de la secundaria, del terciario o de la facultad— o simplemente pensarlo un minuto. No hace falta una carta larga ni una frase perfecta: alcanza con un mensaje breve que diga, en definitiva, "me acordé de vos". La educación construye desarrollo y construye ciudadanía, desde el jardín hasta la universidad. Pero antes que nada, construye personas. Y eso, aunque no tenga premio ni aplauso, no se olvida nunca.

Un texto de la Redacción de Revista Cipolletti, en el Día del Profesor.

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