Lo que hacemos hoy le da forma al cerebro del mañana
Hoy, 22 de julio, se conmemora el Día Mundial del Cerebro, una fecha instituida en 2014 por la Federación Mundial de Neurología para poner en agenda la salud cerebral en todas las edades. Para la ocasión, compartimos una columna del Prof. Mag. Pablo A. Olavegogeascoechea, director de la Diplomatura en Medicina del Estilo de Vida de la Universidad Nacional del Comahue, sobre algo que la ciencia viene mostrando desde hace años: los hábitos cotidianos pueden proteger — o dañar — la memoria, décadas antes de que aparezca el primer síntoma.
Una enfermedad que empieza mucho antes de notarse
El Alzheimer y el deterioro cognitivo en general son enfermedades progresivas y limitantes, con mucha pérdida de años libres de enfermedad. El Alzheimer es la demencia más común en nuestra población: se estima que entre el 60% y el 70% de las demencias diagnosticadas corresponden a esta causa. Esa alta incidencia impulsó numerosos estudios que hoy muestran algo clave: los primeros daños en el cerebro se producen entre 15 y 20 años antes de la manifestación de los primeros síntomas. Ese dato explica, en buena medida, por qué cada vez más personas abren la puerta a la ciencia para avanzar en la detección temprana y la prevención.
El estudio de las monjas de Minnesota
Uno de los trabajos más citados sobre el tema es «el estudio de las monjas de Minnesota», iniciado en 1986 por el epidemiólogo y profesor de neurología David Snowdon y publicado en la revista Annals of Internal Medicine en 2003. Su objetivo era comprender la discapacidad mental y física asociada al envejecimiento, y determinar posibles causas y vías de prevención de enfermedades como el Alzheimer.
Snowdon trabajó primero en un convento de monjas de clausura de Mankato, Minnesota, y luego amplió el estudio a seis conventos más. La vida en comunidad le ofrecía condiciones ideales: todas las participantes compartían una calidad de vida similar y llevaban un estilo de vida saludable, lo que permitía distinguir los efectos naturales del envejecimiento de los provocados por la enfermedad.
En total, el estudio reunió a 678 monjas de entre 75 y 102 años, con una edad promedio de 83 años — superior a la esperanza de vida media. La mayoría había dedicado su vida a la docencia y muchas seguían activas; otras ya convivían con la enfermedad. Todas aceptaron hacerse pruebas físicas y mentales cada año, y donar sus cerebros a la ciencia después de su muerte. Así se pudieron comparar cerebros sanos y enfermos: uno de los hallazgos más impactantes fue comprobar cómo el Alzheimer provoca una pérdida progresiva de neuronas que hace que el cerebro se encoja. Se llegaron a encontrar cerebros enfermos de apenas 800 gramos, frente a los 1.200 gramos de un cerebro sano.
Lo que escribieron a los 22 años
Uno de los primeros análisis del equipo de Snowdon se hizo sobre los ensayos autobiográficos que las monjas habían escrito al ingresar al convento, muchas décadas antes. Ese material le dio un giro inesperado a la investigación: permitió predecir la probabilidad de desarrollar Alzheimer muchos años después.
La explicación está en el lenguaje. Las monjas que escribían con un vocabulario más culto, fluido y complejo mostraron una probabilidad mucho menor de desarrollar demencia en la vejez, frente a aquellas cuyos textos eran más simples y menos fluidos. Los investigadores lo tradujeron así: una mayor densidad de ideas y complejidad gramatical favorece el desarrollo de una resistencia natural contra la enfermedad — y esa predicción podía hacerse desde los 22 años, edad aproximada en la que las hermanas habían escrito esos textos. El patrón fue contundente: el 80% de las monjas con baja densidad lingüística desarrolló Alzheimer entre 50 y 60 años después, contra apenas el 10% de las que tenían una gran riqueza literaria. También se observó que quienes expresaban más pensamientos positivos en sus escritos vivían más años que quienes no lo hacían.
«Los primeros daños en el cerebro se producen entre 15 y 20 años antes de la manifestación de los primeros síntomas.»
El estudio de las monjas de Minnesota reforzó algo simple de decir y difícil de sostener en el tiempo: mantener la mente activa desde la infancia hasta la vejez, junto con hábitos saludables de vida y alimentación, ayuda a prevenir y retrasar enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
De un convento en Minnesota a un estudio en marcha en Latinoamérica
Veintitrés años más tarde, la neuropsicóloga Lucía Crivelli, investigadora del Instituto Fleni, lidera el estudio LatAm-FINGERS. América Latina enfrenta una carga creciente de demencia, agravada por la alta prevalencia de factores de riesgo cardiovascular y niveles educativos bajos. El objetivo del estudio es investigar la factibilidad de una intervención sistemática sobre el estilo de vida y sus efectos en la trayectoria cognitiva durante dos años. Participaron 1.065 adultos de entre 60 y 77 años, con riesgo de demencia y rendimiento cognitivo subóptimo.
A 539 de ellos se los asignó a un programa estructurado, supervisado por equipos multidisciplinarios, que incluyó actividad física cuatro días por semana (ejercicio aeróbico, de fuerza, coordinación y equilibrio), asesoramiento dietético basado en la dieta MIND —un híbrido entre la mediterránea y la DASH—, entrenamiento cognitivo con cuatro sesiones semanales de 25 minutos en la plataforma BrainHQ, control semestral de presión arterial, glucosa, lípidos y peso corporal, y compromiso social a través de 38 encuentros grupales presenciales a lo largo de los 24 meses. Los 526 restantes siguieron un programa más flexible.
El resultado: el grupo con la intervención sistemática mostró una mejora anual en la cognición global un 55% superior al grupo con intervención flexible.
Esto refuerza lo que ya se sabía: el deterioro cognitivo comienza muchos años antes de manifestarse, y está muy ligado a los hábitos de vida. Cuando se detecta el riesgo, intervenir sobre la alimentación, el ejercicio, la vida social y la gestión del estrés mejora las capacidades cognitivas o directamente previene su aparición. Los hallazgos respaldan el desarrollo de estrategias de salud pública regionales que prioricen intervenciones multidominio, como una vía costo-efectiva para enfrentar la creciente crisis de demencia en países de ingresos medios y bajos.
En Cipolletti también podemos hacer nuestra parte: una caminata diaria, una comida casera con más verduras y legumbres, una charla larga con un vecino, un libro que se termina. Ninguno de esos gestos parece gran cosa por separado. Sostenidos en el tiempo, la ciencia dice que sí lo son.