César Cipolletti: el ingeniero que le dio nombre a la ciudad sin llegar a pisarla
Todos los días, alguien en esta ciudad escribe su nombre en un formulario, en un sobre, en el pie de una nota como esta. Pocos se preguntan de dónde viene. La respuesta empieza en Roma, sigue por Mendoza y San Juan, y termina en altamar, frente a las costas de Brasil, en enero de 1908: el ingeniero César Cipolletti murió sin llegar jamás a conocer el valle que había diseñado para hacer florecer.
Un ingeniero con fama en medio continente
Nació en Roma el 30 de noviembre de 1846 y se especializó en hidráulica en su ciudad natal. Antes de cruzar el océano ya había dirigido obras de agua para las ciudades italianas de Vicenza, Padua y Milán, y el dique derivador del río Tesino. En 1888 lo contrató el gobernador de Mendoza, Tiburcio Benegas, para diseñar el riego y el saneamiento de tierras pantanosas de esa provincia. Después llegaron San Juan y Tucumán. Para cuando el gobierno nacional lo buscó por tercera vez, César Cipolletti ya era, sencillamente, el mejor en lo suyo.
El plano que iba a cambiar el desierto
En 1898, con Julio Argentino Roca como presidente, el gobierno le encargó diseñar el aprovechamiento de los ríos Neuquén, Limay, Negro y Colorado. Cipolletti completó ese plan el 6 de septiembre de 1899, junto a otros ingenieros de renombre. Entre sus propuestas estaba el dique que hoy lleva el nombre de Ingeniero Ballester, pieza clave de la que décadas después sería la fruticultura del Alto Valle. Por conflictos con Chile y demoras del Estado, la obra no arrancó, y Cipolletti volvió a Italia a esperar.
Un viaje que no terminó
En 1907 el gobierno lo llamó de nuevo, esta vez para ejecutar en persona las obras que él mismo había proyectado casi diez años antes. El 19 de enero de 1908 embarcó en Génova junto a su esposa, Ida Grossi, y sus cuatro hijos: Pedro, Luis, Benedicto y Emilio. Ya no estaba en buen estado de salud. Durante la travesía se agravó, y el 25 de enero de 1908 murió en altamar, sin haber puesto un pie en el Alto Valle que llevaría, para siempre, su apellido.
Diseñó un valle entero sin llegar nunca a caminarlo.
El asentamiento que hoy es esta ciudad había sido fundado en 1903 por el general Fernández Oro, con el nombre de Colonia Lucinda, en honor a su esposa. En 1927, por ley nacional, pasó a llamarse Cipolletti, como homenaje a un ingeniero que nunca llegó a verla, pero cuyos planos —convertidos en el canal principal y el dique que riega hoy miles de hectáreas de peras y manzanas— siguen sosteniendo, todos los días, la economía de todo el Alto Valle.
Con información de ECyT-ar (Enciclopedia de Ciencias y Tecnologías en Argentina) y Gobierno de Río Negro.